Validez de las categorías psiquiátricas

 
Validez de las categorías psiquiátricas

Existe suficiente evidencia que permite conseguir validez.
En psiquiatría aún hoy, dice Boyle (2002), se privilegia cualquier tipo de consideración biológica como forma de conseguir credibilidad, cosa que resultaría difícil de obtener apelando exclusivamente a los modelos psiquiátricos de diagnóstico y clasificación.


Algo que resulta curioso es que, pese al interés que los psiquiatras expresan por hallar correlaciones con hallazgos neurobiológicos, el proceso de diagnóstico y clasificación se sigue basando, en la actualidad y para la mayor parte de los trastornos contemplados en los manuales DSM, en criterios exclusivamente clínicos. En relación con esto último, algunos críticos de la concepción psiquiátrica tradicional sostienen que la clase de proceso evaluativo que se da durante el diagnóstico clínico psiquiátrico está imbuido en un trabajo interpretativo que no sólo no es reconocido como tal, sino que además se sostiene en una narrativa de la deficiencia que, por lo demás, ni siquiera resulta enteramente útil para posteriormente hacer un pronóstico certero o programar un plan de tratamiento. Porque algo que no se puede obviar es que los sistemas clasificatorios de la medicina apuntan a organizar, en función del diagnóstico, el tratamiento de las enfermedades. Es decir, un adecuado diagnóstico supone reconocer o bien la etiología o bien los aspectos que harían al curso de la enfermedad y a los factores que nos permitirían intervenir sobre ella.
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En cualquiera de estos casos, lo que se procura, a partir del diagnóstico, es identificar los lineamientos para la terapéutica posterior. Pero los diagnósticos psiquiátricos tradicionales pocas veces permiten especificar con exactitud una terapéutica o siquiera un pronóstico preciso. Sólo a modo de ejemplo, ciertos medicamentos antipsicóticos son utilizados tanto para el tratamiento de la esquizofrenia, de cuadros de despersonalización, de brotes psicóticos agudos, así como también en ciertas fases en los trastornos del estado de ánimo, con niveles variables de efectividad dentro de cada caso (Johnstone y col. 1988).


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