Operacionalización y diagnóstico

Operacionalización y diagnóstico psiquiátrico


Como reconoce Cunningam Owens (2000) los principios operacionales desplazaron el foco de toda consideración teórica para centrarse en observables que permitieran al psiquiatra, cualquiera sea su formación, identificar y clasificar cada tipo de trastorno.
Dentro del ámbito de la investigación estos criterios de decisión mostraron sus resultados más interesantes. En la práctica clínica, sin embargo, el psiquiatra está obligado a llevar a cabo un interrogatorio comprensivo y exhaustivo del paciente, que se extienda por encima de cualquier listado de síntomas y que vaya más allá del plano de análisis individual, abarcando los múltiples aspectos que hacen al contexto familiar, social y laboral del paciente. Debido a ello, durante los últimos años los propios propulsores del manual han comenzado a revisar la utilidad de los criterios clínicos que se tienen en cuenta al momento de llevar a cabo un diagnóstico, así como los propios sistemas para la clasificación de los trastornos psiquiátricos. Finalmente, se ha comenzado a reconocer la especial importancia que tienen las consideraciones culturales, étnicas y de género del propio clínico en la elaboración misma de los diagnósticos y las taxonomías psicopatológicas.

Diversos estudios muestran, en relación con ello, que, a la hora de diagnosticar, el clínico no puede deshacerse de consideraciones globales que exceden a las puntualizadas por esta clase de manuales. según los criterios operacionales de clasificación psiquiátrica; la importante variabilidad respecto de la relevancia que cada experto otorga a los diferentes síntomas estimados para el diagnóstico en la práctica, y también cómo en la consulta los psiquiatras arriban a diagnósticos similares de diferentes cuadros, aun cuando no se hayan podido identificar todos los síntomas sugeridos por los manuales.


Tal cual afirma Cunningam Owens (2000), sucede que los criterios de diagnóstico operacional han sido desarrollados basándose en el consenso entre expertos; pero esos criterios requieren del juicio clínico para decidir acerca de cuándo nos encontramos y cuándo no en presencia de un “síntoma”. Al respecto, en el DSM IV se destaca explícitamente que las categorías y criterios diagnósticos sirven como guías que han de usarse partiendo del juicio clínico y que deben ser utilizados por personas con experiencia clínica (APA, 1995). Más ese juicio supone hacer valoraciones sobre el modo como el enfermo está inserto en su mundo social y cultural.

MATERIAL DE APOYO



Kleinman (1991) afirma que en medicina el diagnóstico consiste en un trabajo semiótico por el cual la sintomatología de un paciente es reinterpretada como signos de una afección particular. Sin embargo, los signos de un desorden psiquiátrico son más difíciles de interpretar, debido a dos razones: por una parte, sólo pueden ser interpretados en parte y únicamente para cierta clase de trastornos, como resultado de una anormalidad biológica. Pero por otra parte, la clase de manifestaciones a las que atiende un psiquiatra cuando hace un diagnóstico son las que forman parte de la vida diaria de todas las personas, tales como experimentar infelicidad, actuar con mala fe, comunicarse inadecuadamente o comportarse injustamente.





Un diagnóstico psiquiátrico implica entonces ''dice'' una categorización tácita de algunas formas ordinarias de aflicción y de miseria humana como problema médico; implícitamente ello supone una interpretación de la experiencia de una persona, interpretación que difiere de acuerdo con la orientación de los profesionales y con diferentes factores sociales, tales como la especialidad clínica, las condiciones institucionales en que el profesional trabaja y los marcos de pensamiento de la cultura de la que es parte.
Cabe comentar al respecto que los estudios etnográficos indican que las formas de concebir el cuerpo, las emociones o la personalidad cambian en las distintas culturas así como difieren, consecutivamente, las creencias sobre lo que es normal y lo que no (Good, 1977; Rosaldo, 1980; Lutz y White, 1986; Jansen, 1978; Kleinman, 1991).











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